En la comunidad científica existe un debate abierto acerca del impacto en la salud que tiene el número de ingestas a lo largo del día. Nuestros ancestros consumían comida de forma mucho menos frecuente y muchos días debían de subsistir con una comida al día o hasta días sin comer. Por lo tanto, desde una perspectiva evolutiva los seres humanos generamos adaptaciones a éste estilo de alimentación (Zimmet P, J Intern Med 2003).
Los estudios que han tratado de determinar los efectos en la salud de hacer varias pequeñas comidas, en comparación con pocas ingestas y abundantes, han tenido resultados poco clarificadores, en parte, por los problemas metodológicos de dichas investigaciones. Por lo tanto, aunque nos pueda parecer curioso, existe poca evidencia que demuestre que aumentar el número de ingestas tenga beneficios para la salud (Mark P Matsson. Lancet, 2005). Numerosos estudios publicados hasta el momento, encuentran resultados muy variables.
Algunos encuentran que el aumento del número de ingestas tiene beneficios en el control del apetito, mientras que otros encuentran que la reducción del número de ingesta puede mejorar el colesterol HDL, reducir los triglicéridos y la agregación plaquetaria. De todas formas, cuando se observa el funcionamiento de los diferentes sistemas, en función del número de ingestas, parece ser que hay consenso en el pensamiento que aumentar el espacio de tiempo entre comidas promueve la salud y la longevidad. Las investigaciones realizadas con ratones desde hace ya muchos años han despertado un gran interés. Mattson MP, et. al, en 2003 describieron los mecanismos a través de los cuales el “meal-skipping” podía mejorar la salud de los roedores, principalmente, mejorando la respuesta celular al estrés, aumentando la concentración de proteínas de resistencia al estrés y factores de protección y regeneración (el más famoso es el BDNF, que se relaciona con la protección de patologías neurodegenerativas del sistema nervioso central). Igualmente observaron un aumento de la resistencia frente al daño del ADN, por lo que tiene un efecto protector contra el cáncer (Mark P Mattson. Lancet, 2005).
